La revalorización de Indra impulsada por el ciclo del gasto militar

La entrada de Joseph Oughourlian en el accionariado de Indra no fue una inversión discreta ni pasiva. Todo lo contrario. En el verano de 2022, a través de Amber Capital, el inversor desembarcó en la tecnológica española con algo más del 4% del capital y, casi de inmediato, provocó un terremoto en el consejo de administración.

Con el respaldo explícito de la SEPI y de SAPA Placencia, Oughourlian impulsó el cese de varios consejeros independientes, una maniobra que marcó un antes y un después en el equilibrio interno de poder en Indra y que alimentó las críticas sobre el deterioro del gobierno corporativo en una empresa participada por el Estado.

Pocos meses después, su participación aumentó hasta el entorno del 7%. Según los registros de la CNMV, la inversión total realizada en ese corto periodo rondó los 140 millones de euros. Una apuesta que, vista con perspectiva, ha resultado extraordinariamente rentable.

Una revalorización al calor del rearme y del dinero público

Desde la llegada de Amber Capital, el valor de Indra se ha disparado. La escalada de tensiones geopolíticas, el aumento del gasto en defensa y el flujo constante de contratos públicos han impulsado la cotización de la compañía hasta niveles inéditos.

Hoy, las acciones de Indra se mueven en torno a los 60 euros, lo que supone aproximadamente un 20% más que hace un año y una subida cercana al 450% respecto a comienzos de 2023. Traducido a números concretos, los 12,7 millones de acciones en manos de Oughourlian están valorados en torno a 750 millones de euros.

Una rentabilidad fulgurante que contrasta con la imagen de Indra como empresa estratégica sometida a controles reforzados. Para algunos analistas, el caso ilustra cómo la combinación de influencia política, concentración accionarial y gasto público puede generar beneficios extraordinarios para determinados inversores.

El contraste con Prisa: dos modelos, dos resultados

El éxito de Oughourlian en Indra resulta aún más llamativo si se compara con su otra gran apuesta en España: Prisa, donde controla cerca del 30% del capital y ejerce como presidente.

En Prisa, Amber Capital ha invertido alrededor de 400 millones de euros desde mediados de la década pasada, cuando el fondo entró como inversor activista en un grupo ahogado por la deuda y con un modelo de negocio en crisis. Pese a haber consolidado su poder interno —incluida la salida de Javier Monzón de la presidencia—, los resultados bursátiles han sido decepcionantes.

La capitalización de Prisa apenas alcanza hoy los 480 millones de euros. En los últimos cinco años, el valor del grupo se ha reducido más de un 50%, y desde 2017 la caída supera el 80%. Los accionistas históricos han visto cómo sus inversiones se diluían tras sucesivas ampliaciones de capital y operaciones financieras defensivas.

Ni siquiera el recurrente debate sobre una posible venta de Santillana ha logrado materializar ofertas que cambien el rumbo del grupo. Frente a esa travesía en el desierto, Indra representa justo lo contrario.

Indra, el negocio redondo

Mientras Prisa simboliza los límites del activismo financiero en un sector en declive, Indra se ha convertido en el ejemplo opuesto: una empresa cotizada, estratégica, fuertemente influida por el Estado y con un acceso privilegiado al ciclo expansivo del gasto en defensa.

En ese contexto, la apuesta de Oughourlian no solo ha sido acertada, sino extraordinariamente lucrativa. Y es precisamente ahí donde surgen las críticas: una compañía llamada a ser un pilar industrial del país se ha transformado también en una máquina de generar plusvalías para unos pocos, al tiempo que se debilitan los contrapesos internos y se reconfigura el consejo a conveniencia de los grandes accionistas.

En Indra, a diferencia de Prisa, el negocio funciona. Y funciona muy bien para quienes supieron entrar a tiempo y mover las piezas adecuadas.

Puedes leer el artículo original en El Independiente.


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