Una nueva dirección general que añade jerarquía en lugar de rendición de cuentas

Indra sigue engordando su estructura directiva mientras esquiva los debates de fondo sobre gobernanza, control y resultados. El último movimiento del consejo de administración ha sido la creación de una nueva Dirección General de Organización, una figura que la compañía vende como palanca para la “transformación organizativa” y la “eficiencia”, pero que en la práctica añade una nueva capa de poder interno en un grupo ya sobredimensionado en cargos y comités.

El nombramiento de Antonio Mora Morando, actual chief control officer, como nuevo director general de Organización no introduce aire fresco ni independencia. Al contrario: refuerza la lógica de promoción interna y cierre del círculo directivo, manteniendo a los mismos perfiles en el núcleo de decisión mientras se acumulan títulos, responsabilidades y sillones en el comité de dirección.

La pregunta es inevitable: ¿de verdad necesita Indra más directores generales o más rendición de cuentas?

Cambios cosméticos en una empresa con problemas estructurales

La sustitución de Mora por Raúl Cervantes Villarrubia como nuevo chief control officer reproduce el mismo esquema: rotación interna, continuidad absoluta y ninguna señal de revisión crítica de una gobernanza que lleva meses bajo escrutinio por su cercanía al poder político, su concentración de decisiones y la salida de consejeros incómodos.

Indra habla de eficiencia, pero responde con más jerarquía. Habla de transformación, pero aplica reordenaciones internas que no tocan los problemas de fondo: retrasos en programas clave, tensiones con Defensa, conflictos de interés no resueltos y una creciente percepción de opacidad.

El relato tecnológico que tapa la apuesta por la guerra

En paralelo, la compañía anuncia un acuerdo de intenciones con Arquimea para integrar munición merodeadora —armamento autónomo— en su nube de combate y en la plataforma IndraMind, un sistema diseñado para la toma de decisiones militares automatizadas.

El lenguaje vuelve a ser revelador: “motor cognitivo”, “consciencia situacional”, “entornos robotizados”. Todo envuelto en un discurso tecnológico que diluye la realidad: Indra profundiza su apuesta por sistemas de armamento cada vez más sofisticados, autónomos y letales, mientras evita cualquier debate público sobre los límites éticos, estratégicos o de control democrático de ese modelo.

Más poder, menos debate

La posible integración de estos sistemas en vehículos terrestres y drones refuerza la posición de Indra como eje central del nuevo ecosistema militar español. Pero también concentra aún más poder en una empresa participada por el Estado, que acumula contratos multimillonarios y ahora amplía su huella en tecnologías sensibles sin un debate proporcional en el Parlamento, en la sociedad o en los organismos de control.

La creación de una nueva dirección general y el acuerdo con Arquimea no son hechos aislados. Son síntomas de una misma dinámica: más poder interno, más militarización del negocio y menos transparencia externa.

Indra no parece estar reformándose; parece blindándose. Blindándose frente a la crítica, frente al control y frente a un debate incómodo sobre qué tipo de empresa estratégica quiere ser y a quién sirve realmente.

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