El dilema contable: asumir pérdidas ahora o diferirlas a 2026

En la sede central de Telefónica, en el distrito C de Madrid, el cierre contable de 2025 se vive con más inquietud que alivio. En los pasillos de la compañía circula una cifra que nadie confirma oficialmente, pero que preocupa a todos: hasta 5.000 millones de euros en pérdidas en el primer ejercicio completo desde que el Gobierno tomó posiciones decisivas en la operadora y sustituyó a Álvarez-Pallete por Marc Murtra.

No es el mejor estreno posible para una presidencia que se vendió como un revulsivo estratégico y que hoy amenaza con quedar marcada por un fracaso contable y bursátil difícil de maquillar.

Ingresos estancados y un problema que no es solo de costes

Más allá del debate político, el verdadero problema de Telefónica sigue siendo el mismo: los ingresos no crecen. Pero a corto plazo, lo que más alarma es la cuenta de resultados. La combinación del coste del ERE, los ajustes en Reino Unido y las pérdidas contables en Hispanoamérica conforman un cóctel que apunta directamente a un cierre en rojo de gran magnitud.

El dilema ahora es puramente contable, pero con profundas implicaciones políticas y de credibilidad: reconocer las pérdidas en 2025 o diferirlas a 2026. Asumirlas ahora supone admitir que el primer año de Murtra ha sido un desastre. Aplazarlas implicaría arrastrar el problema y confirmar que la situación real es aún peor de lo que se quiere mostrar.

La Bolsa no compra el relato

La evolución bursátil agrava el diagnóstico. En un ejercicio en el que el Ibex ha subido con fuerza, Telefónica vale hoy menos que cuando Murtra asumió la presidencia. Y la Bolsa, conviene recordarlo, no juzga el pasado, sino las expectativas de futuro. El mensaje del mercado es claro: no ve un proyecto sólido ni una hoja de ruta creíble.

Este deterioro bursátil deja sin recorrido el gran sueño estratégico del nuevo presidente: convertir Telefónica en una de las tres grandes operadoras europeas. Sin crecimiento, sin ingresos al alza y con pérdidas millonarias, ese objetivo empieza a sonar más a eslogan que a plan real.

La tentación de buscar culpables

Como ocurre en todas las empresas cuando llegan los malos resultados, la caza del responsable ya ha comenzado. Diez meses después de asumir el cargo, Murtra apunta al consejero delegado, Emilio Gayo, como principal responsable del deterioro del negocio, bajo el argumento de que la gestión operativa recaía sobre él mientras el presidente se centraba en el plano institucional.

Pero esta coartada convence a pocos. Murtra asumió la presidencia en enero de 2025 y este ejercicio ya lleva su firma. No es heredado, no es transitorio y no puede cargarse a la cuenta del pasado.

¿Quién manda realmente en Telefónica?

El problema de fondo va más allá de nombres y cargos. Ni el presidente ni el consejero delegado parecen tener el control efectivo de la compañía. El poder real sigue orbitando alrededor de figuras políticas, con Javier de Paz como pieza clave y con una Telefónica cada vez más condicionada por equilibrios ajenos al negocio puro de las telecomunicaciones.

La consecuencia es una empresa paralizada, sin pulso comercial, con decisiones estratégicas condicionadas por intereses cruzados y con un mercado que empieza a descontar que la semipública Telefónica puede convertirse en un lastre más que en un activo.

Un estreno que deja más sombras que certezas

Sea cual sea la solución contable que se adopte, alguien tendrá que dar explicaciones ante analistas, inversores, trabajadores y clientes. Porque el primer año de Marc Murtra no se recordará por una transformación exitosa, sino por pérdidas, desconfianza y una sensación creciente de improvisación.

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